Eco-Viajes

Soria: los sonidos del silencio

La Fundación del Patrimonio Natural de Castilla y León organiza vuelos en globo por los espacios naturales de la región: Eco-Viajes.com vuela sobre la Reserva Natural del Sabinar de Calatañazor.

Calatañazor desde el aire
Calatañazor desde el aire

A las seis y media de la mañana el sol todavía no se ha aupado por el horizonte de la Sierra de Cabrejas pero el cielo es como un cristal empañado al que le hubieras pasado un trapo. La luna, en cuarto menguante, se mantiene en el cenit. Es la lámpara encendida en un cuarto infantil, alumbrando para arrinconar los miedos. La mañana de un día de verano en esta parte de la provincia de Soria es fría. Me pongo un jersey sobre el forro polar. Dando bocanadas, la vela del globo va creciendo sobre el suelo, una polvorienta cuadrícula en barbecho que Germán y Efrén, los encargados de que el artefacto vuele, han elegido como lugar de despegue. Un sordo rumor quiebra la quietud de la mañana: es el ventilador que infla la vela. A mis espaldas resuena la fiesta de los pájaros, invisibles en la chopera que dibuja a su paso el curso del río Abión. Los pasajeros van llegando, ateridos por el frío y el madrugón. Hay que aprovechar las primeras horas del día porque luego las corrientes térmicas harían poco manejable el globo, nos comenta el encargado de pilotarlo. Vamos entrando de dos en dos, en diagonal, evitando que la cesta se desequilibre.

A las 7:10 despegamos: es un vertiginoso ascenso en vertical controlado con maestría por Germán, un gijonés afincado en Madrid que dirige la empresa Flying Circus (tel. 91 381 77 64 y www.flyingcircus.es) encargada por la Fundación del Patrimonio Natural de Castilla y León para realizar estos recorridos aéreos por los espacios naturales protegidos de la región. Con el vuelo la tierra se vuelve definitivamente hembra, está repleta de pliegues a explorar, bellos rincones inalcanzables, surcos por los que dejar correr la mirada y la imaginación. La tierra caliza y madre, inescrutable. Dejamos atrás la herida del Abión y en seguida, al fondo del rompecabezas de los cultivos, surge la maltrecha torre del homenaje de Calatañazor. El pueblo, alzado sobre el teso que rebaña el río Milanos, simula una bellísima maqueta con sus pequeños tejados, los minúsculos vehículos y las chimeneas cónicas. Al rato el amanecer se va cubriendo por una invisible película de nubes que corren desde el Duero hacia los Picos de Urbión.

Ahora el silencio es más compañero. No se ve nada más que un universo blanquecino, impenetrable, y la sombra del globo sobre el lecho de nubes. Germán decide descender para buscar un lugar idóneo donde tomar tierra. La maniobra llevará otros veinte minutos de travesía, los más espectaculares, rozando las copas de las encinas y raseando por encima del cereal maduro. A las 8:40 la cesta hace contacto: un golpe seco y con maestría junto a un trigal. Hemos recorrido unos 18 km. en línea recta. El gps delata nuestra posición y pronto aparece la furgoneta de apoyo, conducida por Efrén. Queda la tarea conjunta de recoger la vela y el desayuno del bautizo, en un hotelito rural de Calatañazor.

Cuando horas después recorremos a pie sus calles compruebo como el paso de los años ha empujado para que se esfume el embrujo que tenía la primera vez que emboqué su calle Real, hace unos veinte años. Todavía tengo grabada en la memoria la impresión. Medieval, primigenio, auténtico. "Diez meses de invierno y dos de infierno", así de contundente es la sabiduría popular al referirse a Calatañazor, la villa tan amada por Luis Carandell. Ahora han levantado el primitivo empedrado y domesticado la calle, que parece más ancha. Se han apuntalado corrales, alzado fachadas. En un solar surgido de la ruina han plantado una efigie del moro Almanzor en bronce. Con un perfil aguileño que recuerda al Julio Anguita de los mejores tiempos. Y, para acabar con los restos del naufragio, se han multiplicado las tiendas donde se vende cerámica que no es de aquí, muebles que no son de aquí, hasta té de roca que vaya uno a saber de qué roca será. El peaje del progreso, supongo. Aunque uno se pregunte qué es el progreso cuando en esta fresca mañana soriana arrecia el canto de las cigarras y en el trigal vecino no se mueve ni una espiga a la espera de que ocurra ese algo que nunca llega.