Eco-Viajes

Iglesia románica de Santo Domingo. Abril de 2012
Iglesia románica de Santo Domingo. Abril de 2012
El poeta Gerardo Diego trabajó, entre 1923 y 1980, en la construcción de un libro que fue sucesivos libros, "Soria sucedida". Es un hermoso libro de poemas y es, a la vez, un viaje por la fecunda variedad de la vieja provincia castellana. Gozando de la "fecunda variedad" del lenguaje de uno de nuestros grandes poetas-

La Soria más leída y viajada con la palabra poética es la evocada y cantada por Antonio Machado y por Gustavo Adolfo Bécquer. Pero hay otra Soria: la que vivió y recorrió Gerardo Diego, el poeta quizá más prolífico, juguetón (un juguetón genial) con el lenguaje y diversificado de la Generación del 27. Conocemos, desde las primeras lecturas del bachillerato, la Soria concentrada en un ciprés legendario, el situado en el centro del claustro del monasterio de Silos, y en el soneto que siempre ha sido ejemplo de excelsitud, perfecto como un diamante hecho de palabras titulado Al ciprés de Silos: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas al cielo con tu lanza. / Chorro que a las estrellas casi alcanza / devanado a sí mismo en loco empeño”. También conocemos la Soria reflejada en las aguas del Duero de su poema (“Río Duero, río Duero, / nadie a acompañarte baja, / nadie se detiene a oír / tu eterna estrofa olvidada”) Romance del Duero.

 

 

Menos conocida es la Soria que Gerardo Diego dibujó a partir de su experiencia como vecino de la ciudad y viajero por los paisajes, pueblos y aldeas de la provincia, una experiencia que se extendió a lo largo de catorce años: desde que, en 1920 y siguiendo los pasos de Don Antonio, obtuvo la cátedra de Lengua y literatura del Instituto de Soria, hasta que, en 1934 obtuvo la plaza correspondiente a la misma disciplina en Santander.  Años de Soria que alimentaron, durante toda su vida, parte de su poesía. De ella dio cuenta en su libro Soria sucedida, una suerte de “obra en marcha” (que recuerda el work in progress de James Joyce) cuya primera entrega se remonta a 1923 y su última edición, ya completa, data de 1972. Allí está la vida cotidiana de una pequeña ciudad de provincias cuyo amanecer canta en el poema Por la ciudad dormida (“Por la ciudad dormida / cruza el rebaño en silencio”), está la Soria invisible de sus tejados “como hechos al azar y de memoria / por manos de arbitrarios poetas albañiles”, están los paseos bajo los soportales, los pequeños comercios, los amigos, la evocación de Bécquer y de Machado  (“también, como vosotros, subí a Soria a soñar”), la permanente nostalgia por la vida calma de una ciudad a la medida del ser humano.

 

 

Pero Gerardo Diego viaja (y nos lleva de viaje) por los paisajes de la provincia. Nos conduce por carreteras que se pierden en horizontes de trigo y matorral: “Por tus carreteras largas / por todas las carreteras, / cuántas memorias amargas / de enterradas primaveras”; nos emociona hasta lo indecible cuando lo acompañamos hasta la ermita de  San Saturio sobre el Duero: “¿Lo viví o lo estoy soñando? / ¿Fui yo de piedra o de humo?” y canta al milagro de la pesca fluvial en un romance muy poco conocido, La trucha (“Se nos va de las manos, / resbalada la tarde. / Es la trucha del cielo, / una trucha más grande”).  Maestro de la imagen, de la metáfora, del ritmo del verso, Diego canta al Duero “infante”, evoca la tormenta, nos descubre los patos sobre el río,  nos sienta en un pupitre en la clase donde enseñara Machado: “El sol entra en la clase. / El sol es como un gato / que busca los rincones / recónditos y huraños”.

 

 

Medinaceli, Salduero, Calatañazor, San Pedro de Osma, San Baudelio de Berlanga, la cumbre de Urbión, San Juan de Rabanera, el pino muerto, las vacaciones, los indianos… La Soria de Gerardo Diego es poliédrica, aromática, viva y alegre (frente a la melancólica de Antonio Machado), juguetona como su verbo en el filo de lo experimental. Es la Soria campesina, en la que respira la vitalidad de la Canción de trilla, un poema en la que el grano y la paja huelen:  “A la trilla, trilladores, / que Soria es una frontera, / que huele a trigo la era / y vuela la tolvanera / por la plaza de Herradores”.  Es la magia del idioma en la palabra viajera e invitadora del poeta santanderino, una magia que se torna en complicidad cuando evoca a la gente que, allí, lo acompañó y lo marcó, en un poema como Epístola a mis amigos de Soria  y es, en fin, la magia de un mundo que sintetiza en los versos que cierran el libro:

 

“Total, precisa, exacta, Soria, bien me supiste.
Soria arbitraria y mía, en mí te conociste,
toda extrañada, toda fiel
como la ninfa en el laurel”.