Eco-Viajes

Atardecer en el mirador de San Nicolás (Granada) - Foto: Pepo Paz
Atardecer en el mirador de San Nicolás (Granada) - Foto: Pepo Paz
Granada, ciudad de rituales precisos, ha incorporado en los últimos años uno más a su lista: disfrutar del atardecer desde algunos de los miradores del barrio del Albayzín.

Conocí Granada mucho antes de visitarla por primera vez. Había recorrido en mi imaginación febril de lector, arriba y abajo, la Carrera del Darro y su enlace con los jardínes del Paseo de los Tristes, los vericuetos laberínticos del Albayzín, la soledad bulliciosa de la Plaza Nueva por la que atravesaba a paso rápido cualquier mujer desconocida e inquietante y los restos de la madrugada en la losas húmedas y sucias de Bib-rambla. Sabía cómo era la sombra negra de la Alhambra cuando se tendía hacia las barrancas del Darro y, mucho antes, me había quedado sin aliento ascendiendo a toda prisa la cuesta del Chapíz hacia las profundidades del Sacromonte mientras trataba de seguir, torpe, sentado en un sofá, la melodía de alguna bulería flamenca que resonaba en mis dedos.

 

Amaba y odiaba Granada sin haberla pisado gracias a un librito editado bellamente por Pamiela en 1988, que recogió los artículos publicados por Antonio Muñoz Molina entre mayo de 1982 y junio de 1983 en Diario de Granada y les puso como título El Robinson urbano. Conservo aún la primera edición como mantengo un dulce recuerdo de la persona que me lo regaló (cuyo nombre, escrito a rotulador verde, resalta aún en la portadilla del hoy amarillento volumen). Aprendí sus íntimas liturgias, el color de sus montañas en noviembre, cómo arrecia el frío invernal por entre los callejones desiertos del Albayzín y cómo la ciudad se entrega al desamparo entre julio y septiembre. Heredé, de mis lecturas, la curiosidad por descubrir los misterios que esconden las puertas cerradas a cal y canto de sus cármenes y contuve la respiración siguiendo a Proust, a Buñuel, a Baudelaire y a Lorca por la hermética ciudad de mis deseos.

 

 

Luego, tras mi primer encuentro físico con la ciudad, hace ya muchos años, he vuelto repetidamente a ella con la certeza de quien regrese a un lugar común, a una casa. A sus gentes y a sus monumentos. Y siendo Granada una ciudad de rituales precisos, siempre me ha sorprendido la querencia que tienen todos, locales y foráneos, por sus atardeceres. De mi primera visita, cinco días alojado con unos amigos en una casa del Sacromonte, me quedan un buen puñado de fotografías en blanco y negro con algunos personajes tomados aquellos días en la Plaza Larga, corazón mercantil del Albayzín, el nebuloso eco de la discordia por el emplazamiento de una mezquita en el barrio, el sol del invierno granadino iluminando las terrazas de San Miguel Bajo y, sobre todo, el juego que las sombras de los turistas proyectaban en un muro de una casa enjabelgada junto al mirador de San Nicolás (fotografía que aún hoy cuelga en una de las paredes de la casa en la que habito). Me queda, también, el catálogo de una exposición fotográfica de Ricardo Martín que por aquellos días se encontraba abierta en el palacio de Carlos V, junto a la Alhambra: Sostener la mirada, un conjunto de instantáneas y retratos de gente de la Alpujarra granadina que iba prologado por un largo texto de Antonio Muñoz Molina.

 

 

Creo que un tiempo después de mi primer viaje a la ciudad visitó Granada el entonces presidente de los EE. UU., Bill Clinton, quien elogió, enamorado de las panorámicas de la Alhambra, el Generalife y la sierra, los atardeceres granadinos. Fue, seguramente, la mejor campaña de marketing que le podían hacer a una Granada que crecía hacia las huertas del Genil y las barriadas de adosados en las afueras aunque luego un amigo poeta me ha contado que las prisas en la agenda llevaron a los Clinton del mirador de San Cristóbal, que es el lugar donde debería de haber pronunciado su frase preparada el mandatario, al de San Nicolás alargando, con el equívoco, la sombra mágica de un lugar que tiene mucho de telúrico. Si el Albayzín fuera un barco navegaría escorado a estribor, con grave riesgo de hundimiento, en especial a la caída de la tarde...

 

 

Acabo de pasar por trabajo un par de fines de semana en Granada y compruebo que el gentío acude cada tarde al Albayzín, como si de una peregrinación se tratara o a la espera de una aparición, para honrar la caída del astro rey entre las estribaciones de las montañas del Poniente granadino. Es un ritual mágico que remite al tiempo feliz de las vacaciones. Un tiempo en el que nada parece importar y en el que el silencio de los espectadores sólo se ve quebrado por el cante y el sonido de las guitarras y de las cajas flamencas de algunos buscavidas y en el que no faltan tampoco los artesanos que exponen su mercancía elaborada pacientemente al calor de alguna candela en invisibles rincones, ni los fotógrafos bien pertrechados a la caza de la instantánea imposible o las brigadas de la policía municipal, siempre vigilantes ante cualquier movimiento sospechoso en la zona.

 

 

De entre todos los miradores del Albayzín yo me quedo, sin embargo, con uno diminuto que apenas congrega a unos cuantos amantes de la cerveza y las notas de la guitarra flamenca. Está situado en el extremo este del barrio, muy cerca de la placeta de San Miguel Bajo, bajando (creo) por Cruz de Quirós hacia la Calderería Vieja. No me pregunten la calle porque ya indiqué que el Albayzín es un laberinto en el que me gusta deambular y perderme. A los pies del acantilado parpadea la ciudad y los vehículos, diminutos, se mueven como en una maqueta de juguete. Arriba, por unos interminables minutos, todo parece detenerse mientras el rasgueo de la guitarra y el ritmo de las palmas se entremezcla con la fiesta de luces que enseñorea el horizonte y, poco a poco, en mi cabeza resuena una canción de Coldplay: Clocks. Me fascina este rincón porque, a diferencia de los otros miradores granadinos en los que se agolpan los turistas y sólo se homenajea al paisaje y a la belleza secular de un escenario. en éste la ciudad bulle a tus pies y te reclama. Es la llamada indeclinable de la vida urbana. De la vida, en suma.