Eco-Viajes

Sombras en el Patio de los Naranjos - Foto Pepo Paz
Sombras en el Patio de los Naranjos - Foto Pepo Paz

Una imparable epidemia parece asolar la capital cordobesa: las despedidas de soltero en grupo.

Un día nublado en Córdoba provoca en el viajero el espejismo de una ciudad sin sombras. Hay que pasar entonces los dedos por la cara de la vieja urbe, desdoblar sus callejones y vericuetos, como lo haría alguien a quien le hubieran cubierto los ojos con un pañuelo, sintiendo el tacto de la tela en los párpados cegados, y tratar de reconocerla en los olores y en los sonidos.

 

Cobran así vida autónoma el paso apresurado del caminante en la calle solitaria, el golpeteo metálico que producen los cascos de los caballos sobre los adoquines, las conversaciones entre vecinos o el aliento que transmiten las lenguas ininteligibles; y, también, el estruendo de las motocicletas que se agranda, aún más, en el corazón de la judería, allá donde no pueden llegar los coches. Una verbena de sensaciones matizada porque a estas alturas del mes de marzo todavía no ha florecido el azahar.

 

Acabo de pasar un par de días en la capital cordobesa elaborando un reportaje de tapas que se publicará en la revista DeViajes y anoto, con urgencia, las sensaciones del viaje en el silencio de la noche de un cuarto que respira una (otra más) inminente mudanza. La ciudad se vertebra en torno a un dulce debate: cordobeses y turistas. Ambos son las caras de una misma moneda, sin embargo. Hay una Córdoba con mujeres que parecerían sacadas de una pintura de Julio Romero de Torres y otra que transita por las aceras de Manhattan, extravagante y anónima. Una ciudad ruidosa en exceso, donde corren las cañas de cerveza y las conversaciones y, otra, que respira al ritmo del cante jondo en tabernas por las que parecen no haber transcurrido los años. Hay, también, una ciudad articulada a lo largo de grandes avenidas y bulevares y, otra, tendida en la ribera del Guadalquivir como una deslumbrante colada al sol. Una de judería, adarves y espacios inesperados y, otra, global y andaluza. Una desahuciada y otra pija, sentada al sol de sus terracitas, muy clasista, donde las hembras hacen corrillo a un lado mientras los varones se apostan en la barra, de espaldas, cada uno hablando de sus cosas.

 

Con todo, en Córdoba una plaza es una excusa para entablar una conversación. Por eso abundan y, en ellas, las terrazas y las tabernas. He tenido la fortuna de tropezar con un negocio que lleva sólo dos semanas de andadura, una “salmorejería” donde tres jóvenes y experimentados profesionales se aventuran casi por vez primera en solitario con una idea original y brillante (una idea de esas que se patentan y luego se exportan a la 6ª Avenida); también de descubrir la pasión marroquí del dueño de un hostal (antiguo profesor de instituto y editor) y de lo entrañable que resultan las pequeñas aventuras cuando el tiempo las certifica. Sobra decir que he degustado muchas tapas (tal vez demasiadas para la buena salud de mi estómago). A cambio he gozado, por unas horas, de la simpatía de muchas personas. Y de una gran acogida. De un vistazo a los tejados de la judería desde la azotea-solarium del hostal Añil, otra joven y exitosa travesía empresarial, o de la interesante colección de obra gráfica que adorna las paredes de un clásico en la capital: Casa Pepe de la Judería. También de las fusiones culinarias en el arrabal del Alcázar Viejo, de la mano de  Paco Rosales (Taberna La Viuda) y de los aromas cordobeses que comercializa junto a su hermana Isabel en un patio cercano. La madre de todos los patios cordobeses, vamos.

 

El artículo podría titularse “En Córdoba, a la una de la tarde”, por la coincidencia de todos los hosteleros de citarme el mismo día y a la misma hora, pero tal vez sea mejor dejar que los días vuelen y que la memoria del viaje y sus sabores me traiga nuevas propuestas…

 

Eso sí, tengo que dejar constancia por escrito de mi preocupación por la ola de despedidas de solteras/os que asola la ciudad. No sé si media Córdoba se está casando o es que la capital se ha convertido en uno de los destinos preferidos para estas horteradas. El ayuntamiento, quien sea, debería ponerle coto. Como ha hecho el gobierno municipal de Alcorcón no dejando a los aprendices de conductor foráneos hacer prácticas en las calles de su ciudad. Pues eso, ea. Dicho queda.