Eco-Viajes

Panorámica de Turruncún, con la peña Isasa nevada al fondo - foto Pepo Paz
Panorámica de Turruncún, con la peña Isasa nevada al fondo - foto Pepo Paz

Frente al despoblado caserío de Turruncún, a los pies de la peña Isasa y a poco menos de diez kilómetros de Arnedo, en La Rioja, el viajero disfrutará de una de las panorámicas más estremecedoras de toda La Rioja. Son los paisajes con magia que cada viajero anota en su agenda personal. Lugares únicos para compartir en momentos especiales. Pepo Paz los seleccona en su blog para los lectores de Eco-Viajes.

A veces es la casualidad la que brinda al viajero el privilegio de disfrutar (de manera inesperada) de alguno de los muchos rincones con magia que atesora la geografía sentimental de nuestro país. A ella le debo el tercer resfriado de la temporada 2011-2012 pero ¿cómo no sentirse cautivado por el misterio y la belleza de un paisaje como el de la foto aunque afuera del coche la temperatura sea gélida en este mes de febrero al que hemos despertado de golpe? Unas horas antes de tomarla, en la oficina de turismo de Almazán, Nieves Mambrona (técnico de turismo) me comentó que se trataba del frío negro, un aliento glacial y sin humedad que arrasa con todo en la inhóspita mañana bajo cero del Duero soriano.

 

La casualidad ocurrió este pasado domingo cuando recorría la ruta entre los ríos Alhama, Linares y Cidacos, para completar un reportaje sobre La Rioja, y me tropecé con una de esas panorámicas que atraen a cualquier fotógrafo (por torpe que sea, como yo) como una pepita a un buscador de oro. Imposible resistir su efecto sirena y no caer seducido por la llamada. Ahora, al contemplar el grupo de imágenes en la pantalla del portátil, me ha venido a la cabeza con fuerza uno de los poemas del primer libro que editamos del poeta asturiano David González, hace ya once años. El libro, excelente, se titulaba "Sembrando hogueras", y el poema Pared y comenzaba así:

 

de la casa de san andrés de los tacones

sólo sigue en pie una pared de piedra.

detrás de esa pared nació mi madre,

y la madre de mi madre,

y la madre de la madre de mi madre.

y yo.

 

y mi abuelo, luis,

murió detrás de esa pared.

 

Es un poema al que regreso una y otra vez y que, todavía hoy, me deja entumecido. Como lo hace el sabor de aquellas páginas que ya apenas recuerdo de "La lluvia amarilla", la novela que le dio fama y lectores (y mucha cuerda) al leonés Julio Llamazares allá por los alegres ochenta. De paredes en pie, muros derruidos y pueblos deshabitados trata esta imagen tomada hace apenas tres días en la carretera LR-123, entre Cervera del Río Alhama, Grávalos y Arnedo. Traspasado el desvío que conduce hasta Muro de Aguas (otro rincón con muchísimo encanto), el asfalto se pega a la falda oriental de la sierra de Préjano, en una paisaje de cárcavas anaranjadas y pinares de repoblación que conducen, indefectiblemente, hasta el pedregoso y reseco lecho del Cidacos.

 

Al superar el collado que delimita las cuencas de los ríos Linares y Cidacos lo primero que vi, en la lejanía, fue la cumbre nevada de Peña Isasa. Pensé que un poco más adelante tal vez podría tomar una fotografía interesante y continué conduciendo. La sorpresa llegó, sin embargo, en otro de los pliegues de la carretera cuando surgió ante mis ojos el caserío desecho de este pueblo de desconocida, extraña y evocadora etimología: Turruncún.

 

Tuve que buscar un lugar donde dar la vuelta y retroceder sobre mis pasos para luego desviarme por una pista de tierra a la derecha de la carretera. El camino conduce hasta un área recreativa que hay montada a los pies del cementerio del pueblo, junto a un pequeño estanque de aguas congeladas y una alameda.

 

Luego aparqué el coche frente a un desmonte y me interné, ladera abajo, por entre los pinos y los hierbajos que me llegaban hasta las rodillas para encontrar el encuadre de la foto imaginada minutos antes. Wikipedia apenas nos facilita datos sobre Turruncún (aunque a uno le asalte la sospecha de que muchos de sus habitantes, y de sus descendientes, acabaron en Arnedo y sus fábricas de calzado). Pero esa sería, lector, otra historia. Ahora prefiero quedarme contemplando esta imagen invernal y mortalmente bella del puñado de casas despanzurradas, la maltrecha espadaña de la iglesia y su desmochada torre, a ocho kilómetros de Arnedo, al abrigo de la Sierra de Préjano y la Peña Isasa, en La Rioja. 

 

 

 

A los pies del talud en el que me encontraba, el derrumbe de la tapia del camposanto deja desnuda la metáfora: sólo tres cruces. Dos ellas están unidas por una rudimentaria lápida de piedras formando un círculo alrededor y como queriendo prolongar, en la eternidad, la unión de los restos que reposan bajo la tierra helada y baldía de este despoblabo riojano: Turruncún, donde habita la magia.