Eco-Viajes

Juan Carlos "el Benedictino" desayunando en un bar compostelano - Foto: Pepo Paz
Juan Carlos "el Benedictino" desayunando en un bar compostelano - Foto: Pepo Paz
Juan Carlos Lema, Zapatones, es uno de los elementos más universales de la iconografía jacobea. Veinte años vistiendo su disfraz de peregrino en la plaza del Obradoiro le han convertido en uno de los personajes más fotografiados de Santiago de Compostela. Impostor y entrañable, descubrimos algunos episodios de su pasado en el Camino.
La historia se remonta al año 90 y comienza una fría tarde de principios de mayo en el albergue para peregrinos de la Colegiata de Roncesvalles. Dos novatos caminantes acaban de recibir la bendición del peregrino en la misa sabatina y se preparan para pasar su primera noche en el Camino. El albergue está desierto así que eligen el rincón para dormir, colocan sus mochilas, encienden el fuego en la chimenea para caldear la estancia y comienzan a cocinar una cena sencilla. La soledad se rompe con la llegada de Juan Carlos: se presenta, busca acomodo y durante la cena les comenta que trabaja para la Xunta de Galicia vigilando que en la ruta a Compostela todo funciona como debe. Así contado, el asunto resulta inverosímil. Pero al calor del fuego de la cocina, con la emoción contenida unas horas antes de comenzar la gran caminata, la cosa tiene sentido y sus palabras se dibujan de verdades…

Durante los dos día siguientes, los que se tardan en cubrir a pie la distancia entre Roncesvalles-Orreaga y Trinidad de Arre, a las puertas de Villaba y Pamplona, Juan Carlos Lema, el Benedictino, va construyendo su perfil de pícaro a una velocidad inversamente proporcional a la que crecen las dudas sobre la veracidad de todas sus patrañas. Tiene tiempo para perder en un par de ocasiones la guía del Camino, lo que les obliga a desandar en mitad del campo, con la consiguiente carga de cansancio adicional; elabora excusas inverosímiles; come y cena a costa de la buena voluntad de sus compañeros; hasta les pide que le laven la ropa en el albergue para peregrinos de Larrasoaña…

Al segundo día por la mañana, cuando el trío cruza el cauce del río Ulzama por el puente de la Trinidad de Arre, la suerte está echada. Juan Carlos Lema, el Benedictino, saluda amigablemente a la monja que sella nuestras credenciales de paso, viejos conocidos, y le comenta que él va a retroceder por el Camino Aragonés para vigilar varios asuntos. Los dos novatos, que ya habían decidido darle esquinazo, respiran liberados y apuntan en sus cuadernos de viaje la experiencia vital. Algo que les acompañará ya para siempre en el recuerdo.

Unos años después, durante unas vacaciones estivales en Galicia, volví a tropezarme con Juan Carlos Lema en la plaza del Obradoiro. El Xacobeo del año 1993 le había devuelto a su tierra natal. Al maná de las multitudes. Dice la Wikipedia que Juan Carlos Lema, conocido ahora ya universalmente como Zapatones, nació en Ponte do Porto (Camariñas), en 1954. Y que en estos últimos veinte años se ha convertido, con su traje de paño marrón, su bordón y su gorro, en uno de los personajes más conocidos y fotografiados de la iconografía jacobea. Entonces, a principios de los noventa, no lucía aún la espesa barba canosa que muestra hoy en día. Me acerqué hasta él entre la multitud que ocupaba la plaza y le saludé: "Hombre, Benedictino". Juan Carlos pegó un respingo, como alguien que viera pasar a su lado la sombra de algún personaje de un cuento de Dickens. Él arguyó de manera automática: "Todos cometemos errores que nos persiguen". Le dije que no necesitaba justificar nada. Luego me contó probablemente otra de sus milongas. Al parecer la Xunta, todopoderosa, le pagaba porque vistiera de tal guisa y se dejara fotografiar (cobrando)…

He leído en algún blog que a finales del año 2011 fue desahuciado y que estuvo a punto de ser acogido en una residencia de Arzúa. También que estuvo ingresado en el Clínico santiagués y que había tomado la decisión de colgar el hábito de peregrino. De sus problemas con el alcohol..
 
Hace apenas tres semanas me lo volví a encontrar. Mi vuelo había llegado muy temprano al aeropuerto de Lavacolla y decidí, antes de comenzar el trabajo que me había llevado a Galicia, desayunar en el entorno de la catedral compostelana. Las rúas estaban casi desiertas, apenas transitadas por jóvenes estudiantes que acudían presurosos a sus clases. Lo ví de refilón, acodado en la barra del Pico Sacro, uno de esos bares intemporales y desiertos que pueblan las calles del casco histórico. Entré y me puse a su izquierda. Tenía un aspecto cansado y envejecido. Estaba solo. Apuró el café con leche y el churro y siguió absorto, apoyado en la barra, enredado en sus pensamientos.
 
De aquel Juan Carlos que había conocido más de veinte años atrás apenas quedaba el ademán. Le imagino ahora como el oficinista que calienta motores con el primer café de la mañana antes de caminar hasta su puesto de trabajo, frente a la fachada catedralicia, bajo una fina lluvia compostelana. Convertido en un fantasma. Firme en su impostura.